El primer ministro británico, David Cameron, a su llegada esta mañana al Consejo Europeo, ha rechazado la propuesta que hizo anoche el presidente del Consejo, Herman Van Rompuy, por considerarla insuficiente. «No es el momento de hacer pequeños ajustes, ni de mover el dinero de una partida del presupuesto a otra. Lo que hace falta es un recorte razonable del gasto”, ha dicho.
Van Rompuy presentó anoche en la cena una nueva propuesta que mantenía el techo de gasto para el periodo 2014-2020 (un billón de euros), pero incrementaba ligeramente las ayudas a la agricultura y los fondos estructurales. Aunque la propuesta de Van Rompuy supone un recorte de 80.000 millones sobre el proyecto inicial de la Comisión Europea, Cameron exige mucho más, en torno a los 200.000 millones.
Cuando coinciden una crisis económica y una política hay una cosa segura: vienen malos tiempos. Si además hay que añadir una crisis financiera, una fiscal y la amenaza de una crisis social, lo más probable es que reaparezcan viejos demonios y la historia europea está repleta, plagada de diablos. En esas estamos: la cumbre de la UE para acordar el marco presupuestario de los próximos años ha arrancado este jueves con la ya tradicional tensión, con los Veintisiete divididos y todo el teatro propio de este tipo de cónclaves. Rara vez hay posibilidad de acuerdo la primera noche: la liturgia europea exige buenas dosis de dramatismo.
El pacto es improbable incluso al final de la cumbre, que podría alargarse hasta el fin de semana. Simple puesta en escena, al menos en parte: los presupuestos de los próximos siete años no se apartarán demasiado del billón de euros (un 1% del PIB europeo), tanto si se aprueban en las próximas horas como si el pacto llega dentro de unos meses. Lo que está en discusión es solo el reparto de la tarta, no su tamaño.
Alemania sigue empeñada en levantar la bandera política de una Europa unida y fuerte con un presupuesto minimalista, que divide como nunca a ricos y pobres, al centro y la periferia: Berlín reclamó el jueves un recorte suplementario sobre el proyecto del presidente del Consejo, Herman Van Rompuy. Países como Reino Unido, Suecia y Holanda ya exigieron entonces un tijeretazo aún mayor, pero para empezar Van Rompuy se mantuvo anoche en sus trece: dejó intacto el ajuste de 80.000 millones, pero con un reparto ligeramente distinto, algo mejor en agricultura (una concesión para contentar a Francia) y en cohesión (ante las demandas del bloque del Este, el más perjudicado por los recortes).
También hay una partida destinada específicamente a España: 2.750 millones de euros para suavizar las pérdidas de ayudas europeas hasta 2020. A cambio, bajan ligeramente las inversiones en I+D e infraestructuras transfronterizas respecto a los planes iniciales del Consejo Europeo, y se deja intacto el gasto en la burocracia europea, lo que prácticamente garantiza una sonora negativa británica si nada cambia este viernes.
El equilibrio que debe conseguir Van Rompuy es de todo menos fácil. Los países contribuyentes, con Alemania a la cabeza, están decididos a dar la espalda a los beneficiarios, lo que supone resucitar viejos muros: ese proyecto perjudica claramente a todo el bloque del Este, necesitado de fondos para converger con el corazón de Europa. En realidad, la división es más amplia: la antigua área marco, con Alemania en el centro y varios satélites aún más partidarios de los recortes, lidera esa cruzada para que la austeridad alcance también al presupuesto europeo.
España tiene visos de salir perjudicada, aunque puede que al final obtenga algún pellizco que le permita salvar la cara. Francia e Italia llegan también a Bruselas con amenazas de veto, aunque tradicionalmente obtienen beneficios al final de la negociación porque los grandes países son indispensables para el acuerdo. Y a diferencia de negociaciones anteriores, en las que el presupuesto era la madre de todas las batallas —a pesar de sus limitadísimas cifras—, “la Unión tiene esta vez problemas mucho más urgentes que resolver”, resumían por la noche fuentes diplomáticas en alusión a Grecia y a la crisis fiscal.
“Muy difícil. Está muy difícil”, decía a la entrada en la cumbre el presidente francés, François Hollande, molesto por el tijeretazo en políticas agrícolas que tiene visos de suavizarse. Hollande optó por un perfil bajo: “No va a haber ultimátum: esperamos llegar a un acuerdo con Alemania”, aseguró a los periodistas. La canciller Angela Merkel, advirtió de que Berlín “defenderá sus intereses nacionales” y dejó un aviso a navegantes: “En tiempos de consolidación fiscal en Europa tenemos que concentrarnos en que los gastos no sean muy grandes”.
Por ahora no hay concesiones, lo que llevó al primer ministro italiano, Mario Monti, a resumir lo que en realidad piensan todos y cada uno de los Veintisiete: “No aceptaremos soluciones que veamos inaceptables”, una declaración de intenciones que constata que en medio de la crisis los intereses nacionales son lo primero, incluso para los líderes teóricamente más europeístas.
Las amenazas de veto son diversas y llegan de casi todos los flancos: eso siempre es así cuando empieza la negociación de los presupuestos europeos. La oposición más clara es la de Reino Unido, con un David Cameron muy presionado por su Parlamento, que exige recortes drásticos (mucho mayores que los que están sobre la mesa) con el argumento de que estos son tiempos de austeridad en los países de la UE y sería incongruente que no lo fueran también en las instituciones europeas.
Un veto le daría a Cameron una gran rédito político de vuelta a Reino Unido, cuya ciudadanía parece dispuesta a darle la espalda definitivamente a Europa. Pero acentuaría el aislamiento de la isla y sería una constatación más de que la confluencia de varias crisis diferentes vaticina la vuelta de tiempos oscuros, de los viejos fantasmas plasmados en planteamientos defensivos, de asilamientos, exclusiones, proteccionismos y demás.
Autores: Claudi Pérez/Miguel González.





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