CON FIRMA PROPIA

SOR JOSEFINA, LA COLEGIADA NÚMERO 1

El próximo día 14 de Noviembre el Ilustre Colegio  Oficial de Trabajadores Sociales y Asistentes Sociales de Las Palmas celebra su Acto Institucional anual, este año en Fuerteventura.

Hace muy poco tiempo que la colegiada número 1 nos ha dejado, y por ello se le rendirá un merecido homenaje por su labor, por su lucha por el Trabajo Social y por ser una  gran maestra que nos enseñó a muchos el amor y el respeto hacia los demás y  sobre todo la ayuda incondicional a los más débiles desde la tolerancia y el respeto.

Desde Trazos Digital queremos aportar nuestro pequeño granito de arena y que conozcan a una maravillosa persona que siempre estará en el corazón de todos los que la conocieron y aprendieron de ella.

“La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente”

                                                  François Mauriac (1905-1970) Escritor francés.

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                           SOR JOSEFINA, MAESTRA DE VIDA

 

Transmitir con palabras lo inefable nunca ha sido sencillo ni fácil. Describir la grandeza, lo inabarcable, para atraparlo en palabras, es hacer perder el auténtico sentido de lo que se intenta comunicar.

Para acercarse a la calidad humana, siempre mejor hacerlo desde esa mirada que nos permite contemplar, comprender y sentir la profundidad de un ser humano cuyo camino en este trozo de tierra ha dejado una huella no sólo en su espacio cotidiano, sino en muchos de nuestros corazones.

Su lema en su vida personal y profesional –que es una-­‐, fue no perder nunca de vista a la persona. Nunca se entretuvo con síntomas o circunstancias: ella traspasaba los condicionantes y simplemente miraba al ser humano que tenía delante y, desde la incondicionalidad que sólo emerge desde el compromiso, amaba.

El amor sentido se manifestó en cuidados, en gestiones, en acompañamientos, en risas, en calmar el dolor y la desesperación de todas aquellas personas que, sin recursos y envueltos en sufrimiento, buscaban su mirada. Porque todos sabían que ella los veía. A ellos. A ellas. No a su suciedad, a su alcoholismo, ni a su marginalidad.

Siempre defendió la dignidad de los tristemente llamados sin techo, y nunca pensó en ellos desde el paternalismo, aunque tenía muy claro que los recursos asistenciales eran imprescindibles para los grandes dañados de esta sociedad. No compartió la filosofía de los recursos-­‐chantajes que dejaban a tantas personas sin la indispensable atención porque no respondían –la mayoría simplemente no podía-­‐ a los requerimientos administrativos de las entidades públicas.

Religiosa cristiana, hizo el mensaje del maestro de Nazaret su estilo de vida. Quizá por eso fue tan transgresora. “No se puede servir a dos amos”, decía ese maestro, y ella así lo demostró. Por eso sufrió en propia carne el rechazo de aquellos y aquellas que no soportaban su coherencia interna y honradez, porque siempre las llevó hasta la última consecuencia.

Sufrió, dolió y lloró, pero nunca renunció. Las personas que fuimos testigos de esa parte de su vida podemos dar constancia de ello. No es fácil convivir con el rechazo, pero ella lo tomó como parte y consecuencia de su opción de integridad.

Haber tenido la gran suerte de ser compañeras, amigas, de haber podido compartir momentos en la vida, de haber aprendido un poco de su modo de ser y estar en este mundo, ha sido un gran regalo recibido. Y damos las gracias por ello.

Sor Josefina, ser humano de autenticidad plena, construyó con sus manos un espacio cuya hondura es un lugar amoroso que nos mece y protege, en donde todas y todos nos miramos y, desde lo profundo, nos reconocemos.

Mujer de ojos pequeños y sonrisa grande. Una breve semblanza.

 

Cuentan que una vez, Sor Josefina estaba paseando por las Canteras, y vió a un hombre borracho, caído en la acera, orinado y cantando. La Policía Local, lo increpó. Ella se acercó y les comentó: “Ustedes cumplan con lo que tengan que cumplir… ¡pero como yo vea que le insultan o le pegan, prepárense que se las tendrán que ver conmigo, e iré donde tenga que ir!”.

En ella existía una frase que compartió con una gran amiga, y era ésta: “hay acciones en la vida de uno que dejan huella en la vida de otros. Las acciones que contribuyen a la felicidad de los demás, quedan marcadas como huellas doradas.”

 Con 20 años había elegido cómo quería vivir su vida. Una vida dedicada a la entrega a los demás desde el compromiso espiritual. Y entró en una orden en donde las integrantes se llaman Hijas de la Caridad.

Siempre entendió que esa Orden era un espacio para el servicio, “hermanas sirvientas”, como le gustaba recordar.

Con ese modo de vida, Sor Josefina González Padrón fue dejando allá donde iba, huellas doradas. Entre otros, estuvo dedicada a la infancia, como profesional y como religiosa, a través de su servicio en distintos lugares como:

  • “Las Escuelitas” de Pamplona, para niñas y niños huérfanos de la Guerra Civil, durante 22 años.

  • Instituto Nacional de Asistencia Social.

  • Gobierno Civil (Fondo Nacional de Asistencia Social)

  • Dirección Territorial de Bienestar Social.

  • Hogar Virgen del Carmen de Arucas en Gran Canaria, dedicado al cuidado de las niñas en dificultad social y familiar y el Hogar Mario Cesar, para niños en iguales condiciones.

  • Trabajadora Social de las Escuelas Infantiles:

  • Colegio del Carmen.

  • Guardería del Obispado, Santa Luisa  de Marillac.

    Otros espacios, otras personas:

  • Casa Esperanza de Agaete (apoyo terapéutico a personas con dependencia al alcohol).

  • Cáritas Diocesana, en Escaleritas.

  • Grupo de ayuda a las prostitutas, Pasaje Las Chapas.

  • Centro Lugo de ayuda a las prostitutas.

  • Organizó y se responsabilizó del Comedor Social del Colegio del Carmen

Estos, son los espacios concretos, las personas concretas, las formas concretas, donde fue dejando su huella dorada que hoy ilumina nuestro Universo personal y profesional.

El mayor don que nos enseñó es el de la “escucha”. La Sor era capaz de derribar cualquier tipo de muralla, para convertirla en simple orilla.

A pesar de pertenecer a una Orden Religiosa poco transigente, ella cultivó en el huerto de su vida, la “tolerancia”. Sus compañeros de vida y camino fueron siempre la Justicia y el Evangelio, siempre adaptado a una sociedad en evolución.

FUENTE: JULIA, JORGE Y NAWJA / TRAZOS DIGITAL 2015

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